viernes, 28 de octubre de 2016

Silencio en el Barradiellu




Era la fiesta del Apóstol Santiago cuando llegué por vez primera a aquel pequeño caserío atraída por el interés de conocer los lugares geográficos del nacimiento y de la infancia de la Sierva de Dios. A medida que subíamos los montes de la Riera empezó a llover, pero no cayó tanta agua como para detenernos...
El silencio y la soledad de aquel lugar me impresionaron... en la puerta del domicilio de los Gutíerrez-Iglesias Martínez supe que había llegado en un momento inoportuno... en la casa había bullicio y mucha vida... tanta que no había una silla libre. Pedí disculpas por haberme presentado sin previo aviso y me comprometí a regresar en mejor momento... ¡quién me iba a decir que en aquella casa pasaría más tarde unos días de ensueño! ¡quién me iba a decir aquel día que la Sierva de Dios velaría mi sueño y mi descanso algunas noches mientras yo dormía en la misma habitación que había ocupado ella cuando regresó al Barradiello, ya religiosa, para pasar unos días junto a su familia! ¡Quién me iba a decir que sus sobrinos acabarían "adoptándome" y haciendome sentir "una más de la familia! ¡Quién me iba a decir que mi corazón sería depositario de tantas confidencias! Soy incapaz de recordar un momento que no sea bueno de los que he tenido el privilegio de vivir en aquel remanso de paz, de cordialidad, de hospitalidad, de alegría...
Pero en este mundo somos peregrinos que vamos de paso... lo sabemos todos... como sabemos que quien está de viaje ansía llegar a su destino... y aún así, algunas llegadas crean una extraña sensación de apartamiento, de soledad, de dolor en quienes desde el camino perciben la llegada a la "meta" de aquellos a quienes aman y a quienes quisieran retener en la ruta, tal vez por egoísmo. Y es que la muerte tiene ese halo de misterio, también para quienes sabemos que ese no es el final sino un paso más para alcanzar la Vida en plenitud.
Cuando no se ha cumplido el primer aniversario de la muerte de Severino... le ha seguido Oliva... y se clava como un dardo en el corazón el silencio que han dejado en el caserío de Barradiello... No es fácil acallar el humano sentimiento de tristeza que me produce pensar que sólo los podré ver de nuevo cuando también mis ojos se apaguen a la luz de este mundo y a la luz de la fe el Señor me regale, como a ellos dar el último paso de mi peregrinaje. Pero cuando consigo trascender ese sentimiento me encuentro con dos pares de ojos que brillan destellando la paz y la serenidad que me regalaron en Barradiello... veo dos rostros sonrientes que me animan y me invitan a vivir en la búsqueda y la aceptación serena y gozosa de lo que el Señor quiere "aquí y ahora".
El Barradiello guarda silencio para quienes quieren oir los ruidos y las voces del peregrinar cotidiano... pero el Barradiello está lleno de sonidos y mensajes que cualquiera que se acerque despacito hasta aquel caserío podrá ver y escuchar sin ninguna dificultad, si es capaz de ver y oir con el corazón.
Mi gratitud por lo que he vivido, aprendido y recibido en Barradiello, tiene hoy muchos nombres... pero no quiero silenciar tres: H. Stella, Severino y Oliva. ¡Interceded por nosotros!