jueves, 21 de septiembre de 2017

Comienza el noviciado

El silencio guardará celosamente los nombres de los sacerdotes que había en el altar y nos dejará con el deseo de saber si aquel domingo, 21 de septiembre de 1924,

M. María Teresa Orti lo pasó en el Noviciado de Ríos Rosas o en la Casa Madre. Pero sí sabemos lo que ocurrió por la mañana en la capilla del noviciado.
Por las calles de Granada

En los últimos años de su vida, M. María Teresa, hizo del noviciado casi su segundo domicilio y no será muy aventurado sospechar que estaría allí, presenciando una ceremonia que por repetida no dejaba de ser siempre nueva, para las protagonistas y para quienes les acompañaban porque nueva es siempre la gracia con la que el Espíritu Santo inunda el corazón de los miembros de la Iglesia.

Aquel amanecer primero del otoño de 1924, tuvo luces de primavera en el noviciado de las religiosas de María Inmaculada porque la novedad del Espíritu es siempre promesa de fecundidad y vida.

Siguiendo el formulario de la ceremonia se oyeron tres nombres: María Páramo, Celestina Bengoa, y María Aurelia Iglesias y en respuesta a cada nombre, una respuesta firme en la voluntad y temblorosa en la garganta: «Aquí está la sierva del Señor», mientras se acercaban al altar para declarar su voluntad de ingresar como novicias en la Congregación y vivir en ellas todos los días que el Señor les concediera de vida.

Allí declararon ser mil veces dichosas viviendo pobres, obedientes y moritifcadas trabajando sin descanso por el bien y la salvación de las jóvenes acogidas.

Vestidas ya con el hábito religioso y cubiertas sus cabezas con el velo que el sacerdote les había entregado después de bendecirlos, las nuevas novicias oyeron los nuevos nombres por lo que iban a ser reconocidas en adelante: a María le fue impuesto el de Vicenta María de Jesús; a Celestina el de María Eustaquia y a María Aurelia el de María Stella. De las tres solamente la más joven de ellas, H. María Stella Iglesias iba a mantenerse fiel hasta la muerte a aquella palabra dada.

Las palabras y los gestos señalados por el formulario para aquella ceremonia se iluminan en la vida de la sierva de Dios María Stella Iglesias, como  la mejor síntesis de su programa de vida.
Rosario utilizado por la sierva de Dios María Stella Iglesias
Al entregarle el velo, el sacerdote la invitó a ser modesta, grave y observante religiosa y H. María Stella fue ejemplo de sencillez y compostura. Con una vela encendido la exhortó a procurar con todas sus fuerzas a mantener siempre viva la llama de la fe y a trasnmitirla con las buenas obras y H. María Stella se hizo digna de ser admitida en el número de las esposas de Jesucristo hasta oir en la hora de su muerte la invitación: Ven, esposa a recibir la corona que mi Padre te preparó y con ella la bienaventuranza eterna. El último signo que la sierva de Dio recibió aquel día, nunca se apartó de entre sus dedos: el Rosario como prenda de una protección especial de la Virgen María. La sierva de Dios rezó y repitió devotamente el santo Rosario cada día, e imitió cuanto pudo las virtudes de la Inmaculada, acercando a la Madre bendita a cuantos tuvieron que ver con ella a lo largo de de toda su vida.


La vida ejemplar de la sierva de Dios nos invita a una mayor coherencia de fe, a una más auténtica vida cristiana y a un desvelo continuado por aliviar penas y necesidades ajenas.